Torcer el destino: en la Puna, una universidad cambia vidas

“El día que nuestros hijos sean médicos y abogados, recién entonces tendremos el derecho a la salud y a la tierra”. La frase está escrita en una pared del Centro Universitario Warmi Huasi Yachana, la primera universidad de la comunidad colla del país que, en marzo pasado, cumplió cuatro años y ya tiene su primer egresado.

En esta localidad, a 224 kilómetros al norte de la capital provincial, estudian -a distancia y con apoyo presencial- 52 alumnos de comunidades collas de la Puna. La iniciativa fue de Rosario Quispe, fundadora de la Asociación Warmi -una red que promueve emprendimientos-, y es ella la autora de la frase que está escrita en la sede de la universidad. Su sueño es que los jóvenes de esta localidad dejen de ser “cuidadores de llamas” para convertirse en profesionales.

La universidad -un gran salón levantado a la vera de la ruta 9- se logró gracias a la colaboración de la Fundación Sí y un convenio con la universidad privada de Córdoba Siglo 21, con experiencia en educación a larga distancia.

La mayoría de los estudiantes están becados -sino pagarían unos $ 4500 promedio-. Aunque el menú de carreras a distancia incluye 32 opciones, las más elegidas son: abogacía, economía y administración agraria.

Trasladarse en la Puna, en donde viven unos 25.000 collas, no es fácil: las distancias son largas, son muy espaciadas las frecuencias del transporte y son menores las posibilidades económicas. Por eso, que haya una universidad en la zona es una manera de frenar la emigración y la desintegración de las comunidades. En general, los jóvenes de esta zona que querían (y podían)seguían sus estudios universitarios en San Salvador de Jujuy, Salta, Córdoba o Tucumán.

Una fiesta

David Ávalos tiene 27 años, es secretario de Gobierno de la municipalidad y le quedan pocas materias para terminar Derecho. Sus compañeros ya están organizando una fiesta porque será el primer “licenciado” de la universidad.

Diego Armando Cari, de 33 años, es el primer egresado de la universidad cuando el año pasado se recibió de técnico en Seguridad e Higiene. Ahora, trabaja en una minera. “Estudiar me abrió puertas y me permitió poner en marcha proyectos para mejorar el lugar”, dice convencido.

Al mediodía, en medio del viento helado y el sol que pega fuerte, empiezan a llegar los estudiantes a la sede de la universidad. Unos asisten a una clase a distancia con profesores que están en Córdoba; otros programan sus exámenes y un tercer grupo espera que les entreguen sus calificaciones. Eso, siempre y cuando, no ocurra lo que suele suceder: que haya que reprogramar las actividades porque la conexión a Internet, condición fundamental para estudiar a distancia, se corte.

El coordinador del centro, Francisco Aguilar, cuenta a LA NACION que cuando los jóvenes de esta comunidad ingresan a la universidad el lenguaje suele ser un inconveniente: “Acá hay modismos muy marcados y a veces hasta desconocimiento de términos. Esto dificulta la lectura de materiales”.

Alina Gutiérrez tiene 25 años y un hijo. Llega en colectivo desde Puesto del Márquez, un paraje de unos 300 habitantes al norte de Abra Pampa. “Estudiar permite tener más alternativas de trabajo. Además, aprendí los derechos que hay y que desconocía. Así, podré ayudar a otros”, dice esta estudiante de Derecho.

Todos lo saben aquí: no es simple garantizar la continuidad de los estudios. Varios se anotaron, pero no pudieron seguir. Algunos de los estudiantes recuerdan a una chica de Cusi Cusi, a unos 130 kilómetros al Oeste de Abra Pampa, que desistió porque el colectivo que la dejaba aquí llegaba pocas veces a la semana y el pasaje le costaba unos $ 300.

El éxodo

Desde la localidad de Negra Muerta -al norte de la Quebrada de Humahuaca y a 160 kilómetros de la capital provincial- llega Marcelo Sambaño, de 26 años. Trabaja en el campo con su familia como albañil. Estudia administración agraria. Sus metas: mejorar lo que hacen en la tierra y poder vivir mejor.

Brian Cachi divide su tiempo entre sus trabajos en una casa de sepelios y un boliche y sus estudios de abogacía. Busca evitar irse lejos para conseguir un mejor empleo. Muchos de los jóvenes de la zona se van a la Patagonia impulsados por las promesas de sueldos más altos.

A los 25 años, Ana Quiroga está “feliz” con la oportunidad no sólo de estudiar, sino de tener experiencias como la de un “club de emprendedores” que están formando. “Acá es todo a pulmón, hay que tratar de mostrar nuestras iniciativas a todo el país, de que generen recursos”, dice.

Manuel Lozano, de la Fundación Sí, participa de la iniciativa desde el minuto cero. En 2009 se encontró a la cantante Soledad Pastorutti en el aeropuerto de Salta. Ella le contó que trabajaba con las miembros de la asociación Warmi y que sería una buena idea hacer “algo juntos”. Tres años después, con Facundo Arana y Natalia Pastorutti, compartían la inauguración de la universidad.

Para elegir a los primeros 25 ingresantes de Abra Pampa hicieron un test. Lozano recuerda que en varias fichas leyó: “De no entrar mi futuro será pastar las llamas”. Hacerles llegar la aceptación fue un desafío, la señal de teléfono es esquiva y, muchos días, el correo electrónico una suerte de milagro. Otra vez los líderes de las comunidades tenían que oficiar de correo.

Admite que ganarse la confianza de los estudiantes requirió esfuerzo. Tampoco es simple mejorar el nivel con el que egresan de los secundarios rurales. “La adaptación al nivel universitario cuesta mucho”, describe.

Quispe subraya que hay mucho por mejorar, pero quiere que los “chicos, los nuevos profesionales, se hagan cargo. Ellos tienen lo que nosotros no: estudios”.

Entre el frío y el daño ambiental

Casas bajas y paredes marrones que se mimetizan con la tierra. Cuando nació esta localidad se la conoció como La Siberia argentina. Con ese nombre se buscaba referir al frío extremo que se registra en invierno.

Desde hace siglos, la localidad es tierra de quechuas y aymaras, que terminaron dominados por los incas. Las comunidades collas son unas 100 en la región y mantienen su organización ancestral de líderes y asambleas abiertas para la toma de decisiones.

Con el cierre del ferrocarril, la actividad económica del poblado cayó fuertemente. Además, en 1987, la industria fundidora de plomo Metal Huasi abandonó la producción y dejó montículos de residuos contaminantes y un enorme pasivo ambiental. De hecho, todavía no se terminaron las obras de remediación. Un estudio de 1986 del Ministerio de Salud de Jujuy alertó sobre el alto nivel de presencia de plomo en la sangre de los pobladores.

Veinte años después, un trabajo del Grupo de Investigación de Química Aplicada (INQA) de la Universidad de Jujuy reveló que el 81 por ciento de los 234 chicos de entre 6 y 12 años tenían niveles de plomo en la sangre mayores de 5 microgramos por decilitro (ug/dL), punto en que empiezan los efectos adversos para la salud.

Contra la adversidad

Una universidad que impulsó la comunidad colla

Rosario Quispe. Impulsora de la universidad

“El día que nuestros hijos sean médicos y abogados, recién entonces, tendremos el derecho a la salud y a la tierra”

“Estos chicos, que son los nuevos profesionales, tienen lo que nosotros no tuvimos: estudios”

Alina Gutiérrez. Estudiante de Derecho

“Estudiar permite tener más alternativas de trabajo. Además, aprendí los derechos que hay y que desconocía. Así, podré ayudar a otros”

Francisco Aguilar. Coordinador de la Universidad

“Acá hay modismos muy marcados y a veces hasta desconocimiento de términos, lo que dificulta la lectura de materiales”

Diego Armando Cari. Primer egresado

“Estudiar me abrió puertas y me permitió poner en marcha proyectos para mejorar el lugar”

Ana Quiroga. Estudiante

“Acá es todo a pulmón. Por eso, hay que tratar de mostrar nuestras iniciativas a todo el país, de que generen recursos”

 

La Nación

Noticias relacionadas

Dejanos un Comentario

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Todos los derechos reservados a Huella Minera.