El encantador del barro que cruzará fronteras mineras con sus crisoles


Ricardo Ruíz (63) es jachallero y un artesano de la arcilla por más de dos décadas. Se convertirá en el primer proveedor argentino de los crisoles refractarios que usan las empresas mineras para análisis químicos.

Tenía 17 años cuando dejó su amado Jáchal. Se fue en busca de un nuevo horizonte, y lo encontró. Lo que no sabía es que en 1992 volvería a su pueblo a vivir de la cerámica y no de contador público, carrera que estudió en La Rioja durante cinco años aprobando hasta cuarto. “Me fui con cinco compañeros de la escuela y muy amigos. Cinco años me llevó asumir que estudiar eso no era lo mío”, precisó Ricardo Ruíz.

Para poder estudiar tuvo que trabajar, y mucho. Su primer empleo para bancar la carrera fue como administrativo en el Instituto Provincial de la Vivienda de La Rioja, pero no estaba cómodo en una oficina y pidió el pase a Prensa de Casa de Gobierno, como fotógrafo. Antes de volver a Jáchal, pasó por la Provincia de Tucumán, al norte del país. Allí estuvo veinte años.

“Trabajé en un canal de TV tucumano junto a mi hermano. En 1990 comenzó un proceso de privatización y el canal empezó a deteriorarse, por eso pedí el retiro. Por entonces, ya había empezado con la cerámica porque era una ayuda económica”, relató Ruíz. Regresó a Jáchal con dinero y se montó un taller de cerámica en dos habitaciones de 3×3 metros. Desde entonces, se convirtió en un artesano.

Ricardo Ruíz vendiendo sus artesanías

Ricardo Ruíz vendiendo sus artesanías

 

Su frase describe el cambio en su vida: “Vengo de las luces al barro”. Le costó vivir de la cerámica artesanal, primero hizo tasas y ceniceros con publicidad usando la serigrafía. “Empecé a participar en ferias de artesanías. Me compré una combi O Km y la equipé como casa rodante para no gastar en hospedaje. Se vendió todo como el pan y no he parado”, comentó el jachallero. La ruta lo cansó y se instaló en el Parque Ischigualasto, Patrimonio de la Humanidad, que está en Valle Fértil, una localidad vecina. Primero usó la combi, luego una carpa y ahora tiene un local que construyó.

Pudo armar una cartera de clientes de todo el país y actualmente provee artesanías (jarros, tasas, ollas, cazuelas, juegos de café, platos, etc.) a unos cien comerciantes.

 

El puesto de Terracotta en el Parque Ischigualasto

El puesto de Terracotta en el Parque Ischigualasto

 

Son siete familias las que viven de Terracotta, esa es la marca que identifica las creaciones de Ruíz, el artesano que lleva su propia contabilidad gracias a los cinco años de preparación universitaria que tuvo. “Tengo una estadística, calculo mis gastos de forma eficiente. Llevo en el celular las estadísticas de ventas por comprador”, indicó.

Ricardo Ruíz no se reconoce virtudes artísticas porque “el barro me buscó a mí. Lo hago muy técnico. Nunca hice escultura con barro, tengo más vocación por la serie y que rinda al máximo”. Su padre fue agricultor, tenía plantación de cebolla en la finca y en los últimos años cultivó alfalfa. A los 7 años, Ricardo Ruíz y sus dos hermanos perdieron a su mamá. “Nos crió solo. Mi padre se volvió a casar cuando me fui a estudiar, fui el último en irme de la casa. Mi hermana, a los dos años, se fue a vivir a la casa de una tía en la ciudad. Creo que a mi papá lo superó tener una hija mujer en una finca”, recordó.

Ruíz se casó en La Rioja, tuvo dos hijos varones que hoy tienen 38 y 36 años de edad y se separó de su esposa en Tucumán. “En Jáchal, hice pareja con una locutora y tenemos dos hijas que hoy estudian abogacía y profesorado de Educación Física en la ciudad”, comentó el artesano que tiene cinco nietos de sus hijos varones.

 

La harencia. Las hijas de Ruíz en su taller

La harencia. Las hijas de Ruíz en su taller

 

El despegue

Cuando Ruíz comenzó a dedicarse a las artesanías, instaló el taller en un rancho que había en la finca de sus padres. Primero ocupó unas habitaciones, después toda la casa y con los años agregó dos galpones que estaban al lado.

Nunca imaginó que su trabajo pudiera tomar un nuevo rumbo. “El primer llamado que tuve fue de la empresa Minas Argentinas que opera la mina Gualcamayo en Jáchal. Me contactó el encargado del reemplazo de importaciones debido a las peticiones del Gobierno en ese tema. Me pedían entre 4.000 a 5.000 crisoles al año y la cantidad no justificaba la inversión. Después, me lo pidió Barrick Gold y para poder construir la máquina que requería me hicieron una compra anticipada”, detalló el ceramista.

Barrick consume al año unos 100.000 crisoles refractarios para laboratorio y con los primeros 26.000, Ricardo Ruíz tendrá saldada su deuda. Hoy por hoy, en el país no se fabrican estos crisoles y se importan desde Perú.

 

La máquina que fabrica crisoles

La máquina que fabrica crisoles

 

“Estoy con la prueba formal de la máquina, haciendo 40 o 50 crisoles como baja producción para completar la etapa de prueba. La máquina tiene una capacidad de 8.000 piezas por día, la hice muy grande. Si nos disponemos a soñar, no descarto vender fuera del país porque aún vendiendo en Argentina quedaría un 30% de la producción vacante para exportar. Por ahora, puedo decir que ya me llamaron varias empresas mineras del sur”, precisó Ruíz.

 

Los crisoles

 

El viejo taller no podrá usarlo y está previsto reemplazarlo por una construcción nueva y con planos aprobados. “Tendré que demoler la casa y los galpones. Sucede que lo mio fue un crecimiento desordenado”, indicó el jachallero que, en el caso de abastecer también a Minas Argentinas, tendrá que duplicar la mano de obra. Esta máquina, que fue hecha por el mismo Ruíz, tiene otros usos como, por ejemplo, fabricar aisladores de cerámica para transmisión de electricidad.

Si algo tiene claro este artesano de la arcilla es que, a la par, seguirá confeccionando los objetos que lo posicionaron en su rubro.

 

 

 

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