El viejo y mítico cateador minero


 

La minería es una actividad imprescindible, porque su producto forma parte de la vida cotidiana de la  humanidad; este es un homenaje a los pioneros salteños.

Los viejos cateadores mineros se extinguieron con el avance de la ciencia y las nuevas tecnologías.

Fueron ellos los antiguos buscadores de metales preciosos, gemas y otros minerales en las geografías más duras e inhóspitas, como las que se presentan en la Puna y demás montañas andinas. Donde el desierto, el frío, la soledad, el soroche y el surumpio reinan en forma permanente.

Solo hombres duros y curtidos se animaban a desafiar las inclemencias naturales. Muchos perdieron allí sus vidas y otros sufrieron horribles amputaciones por congelamiento. Pero el sueño minero y la búsqueda de riquezas en el subsuelo andino los empujaba a seguir más y más allá.

Cobijados por la Puna

Días, semanas y hasta meses enteros peleando a la intemperie, con una mula, una pala y una batea para lavar las arenas de los arroyos en busca de oro o gemas.

Golpeando las rocas con el martillo para descubrir los metales escondidos, esto es la famosa veta esquiva, hada y señora de todos los desvelos. Durmiendo a la luz de las estrellas, envueltos en rústicos ponchos y mantas de lana.

Portando una dieta de carne seca o charqui, galleta marinera y alguna que otra lata de conservas. Además de tabaco y la infaltable botella de ginebra o aguardiente.

Algunos tuvieron suerte y se hicieron ricos. Otros vivieron su vida entera en busca de la eterna utopía. En ese aspecto el cateador de minerales fue un romántico.

Los maestros

Allá por las décadas de 1970 y 1980, la Dirección de Minería de Salta funcionaba en una antigua casona de Alvarado al 400.

Los viejos prospectores traían de los cerros sus minerales para que los analizaran los geólogos que allí trabajaban. Entre ellos estaba el Dr. Eduardo Briatura, quien con su bonhomía, paciencia y sabiduría atendía los requerimientos de todos aquellos buscadores de tesoros minerales.

En esa época y aún cursando el colegio secundario visitaba con frecuencia el vetusto edificio para hablar con los geólogos y pedirles muestras de rocas y minerales.

Además de Briatura estaba el Dr. Jorge Pedro Daud; ambos, con infinita paciencia evacuaban las dudas de los estudiantes y de aquellos viejos prospectores con los que nos cruzábamos en los pasillos y oficinas.

Entre aquellos míticos y ya fallecidos cateadores viene a la memoria don Luciano Ragaglini, un gemólogo italiano prospector de piedras preciosas y semipreciosas de la Puna y cordones montañosos linderos al Valle Calchaquí. Siempre portaba un morral con hermosos cristales que había recolectado en sus correrías andinas.

Entre ellos había berilos, turmalinas, cuarzos, granates, ópalos, calcedonias, etcétera. Supo obsequiarme un granate almandino bien cristalizado del tamaño de una pequeña manzana roja que conservé muchos años hasta perderse definitivamente en alguna mudanza.

Otro personaje era el alemán Gerald Whemer, con su gran barba blanca, que se enfocaba en oro y también en el cuarzo y berilo de las sierras de Cachi – Palermo.

Un asiduo concurrente a las oficinas de minería era don Francisco Valdez Villagrán, quien exploraba y explotaba minas de baritina, plomo y manganeso.

El italiano José Gasparini traía unas hermosas muestras de galena de su mina California al sur de la mina La Poma del distrito San Antonio de los Cobres. Luego pasó muchos años al frente de su restaurante de comidas italianas donde hacía una deliciosa pasta a la “Príncipe de Nápoles”.

También cabe mencionar a los hermanos Omar y Novaro Espinoza, productores de boratos, ónix, sal y otros minerales.

De aquella época era también don Ricardo Liendro un entusiasta minero y buscador de tesoros en el Valle Calchaquí, especialmente en la región de Cafayate, donde tenía denuncios de minas de cuarzo cristal. Estaba convencido de que había descubierto un feto humano petrificado y en tal sentido viajó con su hallazgo a los Estados Unidos para hacerlo estudiar. Se demostró en Salta que era un alga estromatolítica de la Formación Yacoraite, muy comunes en el norte argentino (véase Jakúlica, D., Los geólogos no somos de piedra, Fundación Capacitar, Salta). Otro prospector importante fue Mario De Nigris que exploró especialmente la región de San Antonio de los Cobres en busca de minerales metalíferos. No puede dejar de mencionarse el enjundioso trabajo realizado por los hermanos José, Francisco y Oscar Gavenda en la prospección, exploración y explotación de numerosas sustancias minerales en la Puna, especialmente el ónix azul, tincal, borato común y sal gema.

En igual sentido puede decirse de Pedro Betella y hermanos con sus explotaciones de minas de cobre; de los hermanos Pedro y Pablo Tartari, productores de granulado volcánico; de los hermanos García Pinto con el azufre; de los hermanos Nioi con las minas de plata y de hierro o los San Juan (Carlos y Edmundo) productores de caolín y boratos.

Otro italiano minero de metalíferos fue don José Pichetti, hermano de Alberto Pichetti que fuera uno de los descubridores de la mina Pirquitas (Jujuy). También hay que recordar a Ramón Núñez (padre) que en sus andanzas mineras estuvo perdido y cuando lo rescataron tuvieron que amputarle dedos por congelamiento. En Jujuy hubo también una interminable lista de cateadores y mineros.

Gran parte de ellos fueron mencionados en mi libro: “Historia de la Minería de Salta y Jujuy, siglos XV a XX” (Mundo Gráfico). En forma personal conocí a don Saturnino “Satuco” Muñiz, boliviano de Potosí, que llegó al norte argentino acompañando al sabio alemán Federico Ahlfeld en la década de 1940 y se afincó definitivamente en Jujuy. Gran conocedor de las riquezas mineras de la Puna jujeña donde descubrió oro, plata, galena y otros metales. Un notable prospector fue Walter “Watico” Silva, que fuera dueño de la rica mina de plata de Rachaite, explotada por los españoles en la época colonial.

Una persona especial con quien me tocó explorar conjuntamente la Puna jujeña en busca de minerales en la década de 1980 y 1990 fue un nativo llamado José Raymundo Guzmán. Este hombre tenía todas las cualidades del prospector minero ya que además de un conocimiento empírico y de una perfecta adaptación a las inclemencias de los altos páramos andinos, era poseedor de una rara intuición de zahorí. Caminaba en los cerros con todos los sentidos alertas y mientras pisaba el terreno parecía tantear las diferencias de sonidos y vislumbrar el llamado de las riquezas ocultas. Tenía además un olfato muy desarrollado y podía detectar la presencia de sulfuros como me lo demostró en un par de oportunidades. Era un experto lavando oro y también se acostaba en el piso y soplaba las arenas hasta que empezaban a brillar las chispitas o pepitas doradas. La técnica del lavado en batea me la había enseñado en 1981 el chileno Saturnino Varas que era amparador minero en el campamento Porvenir del salar de Cauchari. También aprendí conocimientos empíricos de prospección básica mineral con dos nativos de Santa Rosa de los Pastos Grandes: Ricardo Morales con los boratos y Crescencio Casimiro con la baritina, la sal y la perlita. Una semblanza del cateador minero en sus luchas y desvelos puede consultarse en Carlos F. Stubbe. El cateador o buscador de minas (Editado por Natalia G. Solís, Ricardo N. Alonso y Emilia Silva de Cruz). El sueco Carlos Stubbe se radicó en Tucumán a comienzos del siglo XX y realizó una intensa búsqueda de minerales en los cerros tucumanos y catamarqueños. Entre otros descubrió la mina de fluorita Dal en la sierra de Ancasti y descifró el origen del ingenio metalúrgico de la ciudad perdida de San Carlos del Arenal en las laderas del Aconquija. Sirva esta nota de homenaje a todos aquellos nombrados y ausentes que dedicaron sus vidas a la búsqueda de las riquezas minerales de nuestra región andina.

El Tribuno

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