El futuro de la minería. Buenas noticias para los inversores, no tanto para el planeta

Las cinco compañías más grandes del sector consolidaron su poder mediante una serie de fusiones y adquisiciones, pero no avanzan con el mismo ritmo en la transición hacia una energía más verde

Muy alto en las montañas del sur de Perú está Quellaveco, una vasta mina de cobre a cielo abierto. Es uno de los mayores depósitos del metal rojo no explotados del mundo. Anglo American, un gigante minero y su propietario mayoritario, junto con otro inversor, ha gastado más de US$5000 millones en preparar la explotación. Se espera que el proyecto comience en 2022. Una vez que esté operativo agregará más del 10% a la producción de cobre de Perú, el segundo mayor productor mundial del material.

En el pasado cuando los precios de las commodities se iban por las nubes, como viene sucediendo últimamente los mineros del mundo se volcaban masivamente a proyectos como Quellaveco. Esta vez lo notable respecto de esta experiencia es que es única. Son pocos los gigantes mineros diversificados -Anglo American, BHP, Glencore, Río Tinto y Vale- que tienen en proyecto la explotación de nuevas minas grandes. Eso se debe en parte a los largos plazos de preparación que requiere la industria; Anglo compró Quellaveco en 1992. Pero también hay otras fuerzas que motivan la restricción de las inversiones. Tendrán consecuencias para la transición mineral intensiva a la nueva energía más amigable con el clima.

Las cinco grandes mineras consolidaron su poder en el mercado con una sucesión de fusiones inmensas en la década del 2000, justo en el momento en que emergía China como un consumidor voraz de metales. El resultado fue un superciclo de 15 años de altos precios. Los mineros gastaron alrededor de US$1 billón buscando mayores volúmenes y megaproyectos. Muchos se demostraron desastrosos; quizás un quinto de esa inversión fue devuelta a los accionistas, de acuerdo a un estimado. Luego de una ronda de despidos, una nueva generación de CEO mineros prometieron hacer las cosas mejor. En los últimos años el valor, no el volumen, se volvió la palabra clave en la industria. “Nunca perderemos nuestra disciplina de capital”, jura Eduardo Park Bartolomeo, el patrón de Vale.

Promesa cumplida
Hasta ahora las grandes mineras han cumplido su promesa. Si bien la inversión de capital en la industria ha crecido desde 2015, sigue un 50% por debajo de su pico en 2012. La mayor parte de ello ha ido a sostener el nivel de producción actual, no agregar nueva capacidad. En momentos que los precios de los metales están en alza y han aumentado los márgenes de ganancias, el gasto en exploración se ha mantenido bajo, señala Danielle Chigumira de la consultora Bernstein. Eso es una ruptura con el pasado.

Que la sobriedad dure dependerá de una nueva cosecha de ejecutivos. En los últimos 18 meses tres de las cinco grandes compañías del sector contrataron nuevos presidentes. En enero de 2020 Mike Henry tomó las riendas de BHP. Un año más tarde Jakob Stausholm se convirtió en el jefe de Río Tinto, después de que fuera echado su predecesor, luego de la destrucción de un sitio aborigen de 46,000 años de antigüedad en Australia. El 1 de julio Gary Nagle se hace cargo del puesto más alto en Glencore, terminando con el reinado de 19 años de Iván Glasenberg en el operador financiero convertido en minero con sede en Suiza. Mark Cutifani, el patrón de Anglo American podría retirarse el año que viene.

Su mayor desafío es responder a la transición energética. Las compañías han dado algunos pasos defensivos, retirándose de las operaciones más “carbón intensivas”. Río Tinto abandonó el negocio carbono-termal en 2018. El 6 de junio Anglo vendió sus operaciones de carbón. BHP y Vale han prometido hacer lo mismo. Las minas en todo el mundo están emitiendo menos dióxido de carbono, al invertir los operadores en energía renovable y tratar de electrificar vehículos mineros.

Transición energética
En los papeles la transición energética podría ser una bonanza minera. Si el mundo ha de cumplir los objetivos del acuerdo de París sobre el clima que busca limitar el calentamiento global a 1,5 grados centígrados por encima de los niveles preindustriales, la demanda de metales como cobalto, cobre, litio y níquel explotara. La agencia internacional de energía, un ente pronosticador, calcula que un auto eléctrico necesita seis veces el contenido de mineral de los de motor a combustión interna. La granja eólica en tierra es nueve veces más recurso-intensiva que una planta energética a gas.

Pero virar hacia los metales verdes se está demostrando más difícil que dejar atrás los minerales sucios. Las carteras de las grandes mineras están cargadas de commodities del anterior súper ciclo. El mineral de hierro y los combustibles fósiles aún representan más de la mitad de sus ingresos mineros y tres cuartos de sus ganancias operativas brutas. Los precios elevados de los metales hacen ver caros los potenciales blancos.

La otra opción, desarrollar sus propios proyectos también tiene problemas. Uno de ellos son los inversores. Desde que quemaron el valor de los accionistas la última vez, los mineros han estado con rienda corta.

Los CEO “saben que para hacerse echar lo único que tienen que hacer es tener uno de estos megaproyectos”, dice un gran inversor. Gran parte del dinero que ingresa gracias al auge de los precios de las commodities está volviendo a los accionistas con dividendos y recompra de acciones récord. Un ejecutivo minero teme que las grandes ganancias hayan cambiado la composición de sus accionistas, atrayendo a inversores hambrientos de rindes y adversos a los proyectos de crecimiento.

En segundo lugar, muchos de los metales de la transición energética representan un mercado demasiado pequeño como para que las grandes mineras se ocupen de ellos. Un ejemplo es el litio, que se usa para las baterías. En 2004 Río Tinto descubrió un gran depósito en Jadar, Serbia. Cuando el proyecto comience a producir en algunos años podría agregar entre 2 y 3% a los ingresos de la compañía, calcula Liam Fitzpatrick de Deutsche Bank. Eso no es suficiente como para mover la aguja en una firma con un valor de mercado de US$140.000 millones. El mercado del cobalto es aún más pequeño.

La excepción es el cobre. Su uso ubicuo en los cables eléctricos lo convierte en uno de los mayores mercados metalíferos medido por valor incluso hoy. Para cumplir con las metas climáticas del mundo la demanda de este metal podría casi triplicarse. Sin embargo encontrar un nuevo proyecto de cobre grande es difícil. Los depósitos que se han encontrado con la prospección se vuelven cada vez más pequeños con concentraciones de mineral peores. Eso hace que extraerlo sea más costoso.

Posiblemente con la excepción de Glencore que sigue agitando el sable, las grandes mineras cada vez más esto iban las regiones ricas en cobre menos exploradas como la República Democrática del Congo que tienden a ser políticamente inestables. Incluso cuando las mineras encuentran una veta, aumentar la producción es lento y se vuelve cada vez más así por la creciente presión pública porque mitiguen los riesgos para el ambiente y los residentes locales. Se tarda en promedio más de 15 años desde el descubrimiento hasta que una mina entre en producción.

Nacionalismo minero
A todos estos factores se suma el nacionalismo de los recursos. La pandemia del Covid-19 ha vaciado los cofres de los estados. A las mineras les preocupa que se les pedirá que cubran la faltante. Chile, el mayor productor mundial de cobre, está reescribiendo su constitución. Un nuevo proyecto de ley que está en el parlamento podría imponer un impuesto del 80% a las ganancias mineras.

El presidente electo izquierdista de Perú, Pedro Castillo, quiere gravar las ganancias mineras en un 70%. Zambia y Panamá, otros dos países ricos en cobre, también están evaluando imponer impuestos más elevados.

Una cosa que podría hacer que las grandes mineras abran la billetera es la competencia. Firmas pequeñas, tales como Lithium Americas y Global Cobalt, esperan lograr grandes negocios, lo mismo sucede con algunos gigantes no occidentales. Norilsk Nickel, una gran minera rusa, planea invertir US$15.000 a 17.000 millones a lo largo de cinco años (el año pasado gastó US$1700 millones).

Zihin Mining, una rival China, también tiene grandes planes de expansión. Si los precios se mantienen elevados -algo que muchos ejecutivos mineros dudan dado su rápida alza, así como el deslizamiento hacia abajo del precio del cobre desde su pico en mayo- ciertos grandes proyectos en lugares complicados como el Congo- pueden volver a verse atractivos.

Estrategia verde
El soporte a los precios podría venir como cortesía de gobiernos occidentales. El 8 de junio la Casa Blanca publicó una revisión inter agencia de las cadenas de producción, reclamando más acción para asegurarse minerales críticos, incluyendo litio y níquel. La Unión Europea quiere hacer lo mismo con su estrategia industrial verde. Bartolomeo de Vale prevé que las mineras forjarán más asociaciones estratégicas con autoridades nacionales en el futuro.

Pero si la producción no se incrementa, la escasez de algunos metales como el cobre puede resultar inevitable. Parte de la escasez podría cubrirse sustituyendo por otros metales o recurriendo a más reciclado de metales usados. Pero eso no cubrirá todo. Los inversores aplauden la contención de la inversión por los patrones mineros. El planeta podría preferir una vuelta a la exuberancia del pasado.

La Nación

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